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El Gobierno de Perú aprobó un reglamento para impedir el ingreso y la producción durante diez años de organismos vivos modificados (OVM), conocidos como transgénicos, informó hoy el ministro del Ambiente, Manuel Pulgar-Vidal.

El ministro indicó, en una rueda de prensa, que este reglamento será publicado mañana en el diario oficial y dijo que muestra el compromiso del Ejecutivo en preservar la biodiversidad y los cultivos nativos.
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Autor: Hugo Blanco

Comentario de Eduardo Galeano
Estas páginas, escritas a borbotones, desordenadas, jubilosas y desesperadas, cuentan las aventuras y desventuras del hombre que encabezó la lucha campesina en el Perú, el organizador de los sindicatos rurales, el que impulsó una reforma agraria nacida desde abajo y desde abajo peleada.
Hugo Blanco ha caminado su país al revés y al derecho, desde las sierras nevadas a la costa seca, pasando por la selva húmeda donde los nativos son cazados como fieras. Y por donde pasaba, iba ayudando a que los caídos se levantaran, y los callados dijeran.
Las autoridades lo acusaron de terrorista. Tenían razón. Él sembraba el terror entre los dueños de la tierra y de la gente.
Durmió bajo las estrellas y en celdas ocupadas por las ratas. Hizo catorce huelgas de hambre. En una de ellas, cuando ya no aguantaba más, el ministro del Interior tuvo un gesto cariñoso y le envió, de regalo, un ataúd.
Más de una vez, el fiscal exigió la pena de muerte, y más de una vez se publicó la noticia de que Hugo había muerto.
Y cuando un taladro le abrió el cráneo, porque una vena estalló, Hugo se despertó con pánico de que los cirujanos le hubieran cambiado las ideas.
Pero no. Seguía siendo, con el cráneo cosido, el mismo Hugo de siempre.
Sus amigos estábamos seguros de que ningún trasplante de ideas iba a funcionar. Pero sí temíamos que Hugo despertara cuerdo.
Y a la vista está: él sigue siendo aquel loco lindo que decidió ser indio, aunque no era, y resultó ser el más indio de todos.
Fuente: www.herramienta.com.ar

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El presente texto fue publicado por el autor como un folleto de difusión bajo el título ¡Agua sí! ¡Mina no! (Ediciones Lucha Indígena, 2012). Hugo Blanco, referente histórico de la lucha campesina e indígena del Perú desde fines de los años cincuenta, continúa participando en las movilizaciones populares que enfrentan al proyecto Conga en la región de Cajamarca –ver Herramienta 49 (marzo de 2012), pág. 71–. Su punto de vista refuta la idea de que el Perú es un “país minero”, y defiende la tradición ancestral de la economía agrícola.

 

Nuestra cultura agrícola
El Tawantinsuyo1 no fue más que la última etapa de una larga, milenaria y fructífera historia de cultura agrícola. Fuimos uno de los ocho centros mundiales de domesticación de plantas silvestres en plantas útiles, fundamentalmente alimenticias. Esto no fue casual, ni porque antepasados hayan sido más inteligentes que otros.
De las 104 zonas de vida del planeta, en nuestro territorio tenemos 84; sólo nos faltan las zonas polares. Compartimos la selva tropical más grande del mundo. Nuestro territorio está atravesado por la cordillera Andina, la que para mayor fortuna nuestra está en dirección Norte-Sur y no Este-Oeste, lo que hace que el clima, a 1.500 metros de altura, cerca del Ecuador, sea más cálido que a la misma altura en el Sur. En la parte oriental de la cordillera llueve mucho, mientras que la parte occidental es árida. La costa árida contribuye con más microclimas.
Nuestro océano está en el trópico; sin embargo hay una corriente fría que viene de la región polar, lo que además de producir el movimiento horizontal del agua provoca un movimiento vertical, pues el agua caliente de abajo tiende a subir. Esto provoca gran circulación de fitoplancton y zooplancton (plantas y animales microscópicos) que alimentan a una nutrida variedad de peces.
Nuestros antepasados descubrieron y utilizaron el mejor fertilizante del mundo: el guano (del quechua wano) de isla, excremento de aves marinas acumulado en las islas.
Viviendo en esta geografía privilegiada, no tenía nada de extraño que nuestras culturas fueran sobre todo agrícolas y también pescadoras. Domesticaron 182 especies vegetales, entre ellas 3.000 variedades de papa.
La tierra no tenía dueños, era la gente la que pertenecía a la tierra. Había planificación de la agricultura a nivel tawantinsuyano, se señalaba en qué terrenos debían cultivarse cada especie y cada variedad. Cuando había buen terreno y faltaba gente, se la enviaba a otros lugares. Se construyeron terrazas para cultivar en las laderas y evitar la erosión. En el altiplano se construyeron “waru-warus”, que eran terrazas alternadas con zanjas; cuando llovía mucho, las terrazas no sufrían inundación; cuando llovía poco, se usaba el agua depositada en las zanjas; además, el calor del sol acumulado por el agua durante el día, al emanarse en la noche, contrarrestaba el frío de la helada. Se construían largos canales en zigzag para evitar la erosión. Las comunidades de media altura enviaban rotativamente parte de su población a las alturas para criar alpacas, y a la ceja de selva para cultivar coca.
Como herencia arqueológica de nuestra cultura agrícola todavía quedan en Moray, Cusco, los restos de un campo experimental agrícola. Quedan en Raqchi, también en el Cusco, restos de abundantes almacenes para los años de escasez; así como, al igual que en Cajamarca, hay restos del culto al agua.

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En el Perú rige, de hecho, un gobierno militar que reprime y criminaliza y en menos de un año ya suma quince muertos por conflictos sociales. Un gobierno que en lugar de garantizar los derechos humanos y colectivos de los peruanos, los vulnera para proteger los intereses de los poderosos, en particular los de la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía, como lo comprueban, una vez más, los sangrientos hechos de Celendín, Cajamarca, y su saldo de tres muertos y 21 heridos.

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